Sobre mi - Julio Alberto Moreno Casas
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Prólogo libro

“Nunca recordaré haber muerto”

Leonardo Urrutia

Prólogo.
Una vida de película
Sí, es un libro de memorias. Pero inusual. Narra una vida película. Por
momentos se lee como una novela. Por momentos parece un ensayo.
Un ensayo con ejemplos, con anécdotas. Es decir con esa forma que
tienen los grandes comunicadores de contar algo profundo.
Es indudable que el trabajo de una escritora como Consuelo García
del Cid Guerra, en una demostración de consumada reportera,
contribuye en buena a medida a realzar esas anécdotas y
ensamblarlas convenientemente con las reflexiones de quien habla de
su forma de pensar y de su vida.
Pero es precisamente Julio Alberto, el protagonista, quien nos habla.
Consuelo pone la música. (Y también habla. Pero para que hable
Julio, para que Julio saque lo que guarda muy adentro) Consuelo
pone la música de esta letra que a cada rato nos impacta. Una música
que en nada oscurece la voz, una música que en todo caso la realza,
como una inolvidable melodía. Una melodía llena de pensamiento, sí.
Porque esta narración contiene pensamiento, mucho pensamiento.
Pero sobre todo vida. ¡Y qué vida! Indudablemente nadie que lea este
texto va a seguir pensando igual que pensaba antes de leerlo. Y no
seguirá pensando igual, porque algo se le quedará adherido al alma.
Algo como un aroma, como un sonido, como un color de esos que,
puede que se olviden conscientemente, pero que en el subconsciente
quedarán resguardados para siempre. Y eso hace que la vida ya no la
veamos igual, porque nosotros, en algo, tras haber leído este libro, ya
somos un poco diferentes, aunque no nos demos cuenta.
Quien lea este libro, quien pase sus páginas, poco a poco, no tocará
papel, tocará el corazón de un hombre. Un hombre que se atreve a
abrirse. Sin miedo. Con coraje y con dulzura. Con suavidad, pero con
crudeza y contundencia. Un hombre que habla de cosas amargas y
cosas hermosas. Y las mezcla con naturalidad, como hace la
naturaleza con la vida en general y en todos los órdenes.
Cuando Consuelo y Julio me pidieron que escribiera el prólogo de este
libro, yo me encontré, más que con la realidad de un compromiso y
un honor inmerecido, con un problema: escribir algo a la altura de
una gran persona. Y una persona de vida tan intensa. Algo lo
suficientemente atinado y correcto que honre a quien es tan
profundamente humano. Tan profundamente humano, porque tan
profundamente ha vivido. Y vive. Algo que haga justicia a quien tanta
justicia merece.
Porque sí, porque Julio ha sido un hombre al que la vida ha dado
muchas cosas buenas. Pero un hombre al que también la vida le ha
dado muchas, muchas más cosas malas. Cosas duras, muy duras. Y
muy amargas. Cosas que todavía siente en su boca (y en las
siguiente páginas nos lo cuenta) yo diría que como acíbar o hiel
permanente.
Pero este no es el libro de una persona herida que solo nos habla de
dolor. He dicho que en este libro, sobre todo, hay pensamiento.
Mucho y hondo pensamiento. Y pensamiento de ese que mejor llega
al alma, porque es pensamiento que no se sustenta solo en bellas
palabras, sino en palabras ciertas. En palabras simples. En palabras
sinceras. En palabras de vida.
Sinceramente este libro me ha hecho recordar las cuatro nobles
verdades que el príncipe Siddhartha, el iluminado, el Buda, nos
enseñó. Porque Julio Alberto, estableciendo un paralelismo con aquel
príncipe hindú que la leyenda dice que abandonó una vida de lujo para conocer la verdadera vida, también tuvo una vida de lujo y la
perdió. La perdió para tener una vida de verdad. Como el mismo nos
cuenta. Porque Julio conoció bien joven el triunfo y la riqueza. Y bien
joven conoció también las nobles cuatro primeras verdades del
mensaje de Buda: que la vida es sufrimiento. Que el sufrimiento es
debido al apego, al deseo, a la sed, al anhelo, a la codicia, a la
lujuria. Que el apego puede ser vencido. Y que existe un camino para
conseguirlo: el llamado óctuple sendero. Un sendero del cual la recta
visión (las referidas cuatro verdades) es la primera recomendación.
Podría parecer, a quien esto lea, antes de leer lo que nos cuenta Julio
Alberto, que es exagerada o forzada la comparación de la vida de
Julio con la vida del príncipe Siddhartha. Y no se equivoca. Claro que
es una comparación exagerada. Pero exagerada también es la
comparación de la vida del príncipe hindú con la vida de millones de
personas que sufren, pero que aprenden del sufrimiento y de miles y
miles de personas que tuvieron la experiencia de tenerlo todo y todo
perderlo. Que fueron ricos y que se convirtieron en pobres. Pero que
al perderlo todo les sobrevino la mejor de las riquezas: la sabiduría.
La sabiduría esa de la que disponen sólo las personas
verdaderamente humanas, la sabiduría que da el sufrimiento.
Por eso digo que no exagero estableciendo cierto paralelismo entre la
vida de Julio Alberto y la de aquel extraordinario príncipe indio.
Y creo que de ese parecer será, muy probablemente, también quien
lea este libro. Porque no solo se vislumbran en sus páginas ciertos
retazos de filosofía griega antigua, especialmente la filosofía
platónica. Como sabemos, Platón en realidad se llamaba Aristokles y
que lo de Platón era un apodo que hacía referencia a sus anchas
espaldas. Pues bien, el gran Platón además de filósofo fue un gran
deportista. Y futbolista. Sí, futbolista, como lo fue Julio Alberto. Solo
que en aquella Grecia del siglo V antes de Cristo, el futbol que se
practicaba, era algo diferente y se llamaba “esferomaquia” aunque
se jugaba con una pelota similar a la del futbol que conocemos. Y
requería, por parte de sus practicantes, habilidades como las que
tenía el gran futbolista que fue Julio Alberto Moreno Casas.
Habilidades como la de elevar el balón: “uranía”. Para dominarlo en el
suelo controlando sus rebotes: “aporraxis” Para burlar el acoso del
contrario y pasarlo a un compañero: “skyros” Para driblar
“harpaston”, etcétera.
Existe una carta de Platón, fechada en el año 366 antes de Jesucristo
donde éste le dice al tirano de Siracusa a quien dirige la misiva:
“que tengas salud y te dediques a la filosofía e inclines a ella a los
demás jóvenes; y saluda en mi nombre a los compañeros en el juego
de pelota.”
Sin embargo, aparte de este paralelismo futbolero entre Platón y Julio
Alberto (que también a alguno puede rechinarle, pero que no se
puede negar, que es rigurosamente histórico: ambos fueron grandes
deportistas) quiero seguir refiriéndome a otro paralelismo, que
también puede comprobar quien lea lo que Julio ha dictado y
Consuelo ha escrito. (O para ser más precisos, lo que Julio ha dicho
porque Consuelo se lo ha extraído. O también, siguiendo con los
paralelismos; lo que escribió Platón porque Sócrates lo había dicho).
Quiero referir el sorprendente paralelismo existente, entre el mensaje
puro del budismo (el contenido en los preceptos del óctuple sendero,
simbolizados en la rueda del Dharma) y la vida que en estas páginas
se relata.
Diré por qué:
Mientras iba leyendo este libro me venían a la mente conceptos e
imágenes muy similares a las que se obtienen leyendo el famoso
sermón de Benarés, que Siddhartha Gautama, ya convertido en Buda,
después de haber alcanzado el nirvana, pronunció ante sus discípulos
Julio se refiere muchas veces a la necesidad que siempre sintió de
librarse de la ignorancia y del odio. Esa sería lo que Buda definió
como Recto anhelo.
Julio nos cuenta también que siempre procuró no mentir, no insultar
ni faltar el respeto a nadie. Eso sería lo que Buda refirió como Recto
lenguaje.
Julio nos cuenta de que a lo largo de su vida procuró (y no siempre
consiguió) abstenerse de conductas que pudieran perjudicar a los
demás, que siempre procuró respetar los derechos ajenos. Esa
disposición, en el discurso de Benarés se nombró como Recta
acción.
También el quinto principio del Óctuple sendero, el del Recto modo
de vida se desprende de lo que nos cuenta Julio de su vida y sus
anhelos. El de que procuró ganarse la vida siempre de una manera
que no resultase abusiva y dañina para los demás. Igual que nos dice
que procuró siempre ejercitarse de algún modo en analizar los
contenidos de su mente con idea de borrar de ella las malas actitudes
y reforzar en ésta las buenas cualidades. Ese sería el sexto principio,
el del Recto esfuerzo.
Así como también nos encontramos en este libro con el séptimo
principio del discurso de Benarés, el de la Recta conciencia, pues
Julio se declara respetuoso con la naturaleza, compasivo con todos
los seres que la integran. Y en especial, amante de esas criaturas que
llevan decenas de miles de años junto al hombre y que siguen
dándoles a muchas personas lecciones de lo que es la lealtad
existente en los amores de verdad: los perros.
Pero si de algo nos habla este libro autobiográfico de un hombre
especial, Julio Alberto Moreno Casas, es de la gran verdad contenida
la primera de las cuatro nobles verdades y en el último punto del llamado Óctuple sendero, que venimos refiriendo: el de la Recta
concentración.
Y es que en las páginas de este libro se destaca ésta enseñanza sobre
todas las demás: La vida nos permite, o debe permitirnos reflexionar
lo suficiente, como para saber que la existencia, ante todo, es
cambio, que la vida está llena de imperfección y de transitoriedad y
que el sufrimiento la impregna casi totalmente.
Pero Buda también nos dice, como Julio también nos dice en este
libro, que el sufrimiento viene por el camino de la sed, por el camino
del deseo, de la lujuria, de la ignorancia, de los malos pensamientos.
Y que solamente siendo compasivos, superando el deseo y huyendo
de la ignorancia podremos eliminar de nuestra vida el sufrimiento.
Bueno, pues ésta es la enseñanza que se desprende de la
apasionante lectura de este libro autobiográfico, donde el alma de
Julio Alberto Moreno Casas, sale a la luz, gracias a la mayéutica (o
arte de partera) que Consuelo García del Cid Guerra, cual émulo
femenino de Sócrates, demuestra conocer ampliamente.