No estoy preso por la cara,… - Julio Alberto Moreno Casas
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No estoy preso por la cara,…

No estoy preso por la cara, estoy por la educación.

Después de tres décadas habitando los hoteles de la cadena penitenciaria “trena. 5 sombras” he podido por fin comprender una expresión que escuché a mediados de los años 80, cuando simplemente llevaba horas en estos lugares de estancias pagadas:- “Mire Usted, yo estoy aquí por la cara”- “¡mala ruina le caiga al que me mete por la cara”.

Yo inconscientemente preguntaba de forma inmediata por las causas o motivos que al pobre presidiario le habían hecho dar con sus huesos en el camastro de la suite penal. Muchas fueron las explicaciones recibidas y el doble las veces que inicialmente yo empatizaba con su causa y veía hasta fantasmas judiciales en raterillos de poca monta. Claro está que en esos años los jóvenes que se iniciaban en el arte de la reincidencia eran producto en su mayoría de ese caballo demoledor arraigado a las venas que partía la vida en dos a sus moradores y sus allegados familiares.

Ingresaban por la cara, por esa cara enfermiza, huesuda, despellejada, sucia y acartonada; como fruto del devenir por las calles, semáforos, chabolas o frecuentar zonas de coches de lujo o turistas para que; como ratón hacia el queso sustraer lo necesario para adquirir nuevas dosis que le tranquilizaran el cuerpo y le aliviaran su alma de la noche tan oscura que su vida reflejaba.

Eran reconocidos por su cara escuálida y descolocada de tantos y tantos días sin alimento organizado, sin horarios que les guiaran, sin ocupación conocida socialmente y apestados por sus cercanos vecinos, familiares lejanos y conocidos de otros tiempos.

Esa cara de yonqui arrastrado por las esquinas les hacia blanco perfecto para diversas filosofales teorías: es un problema de vicio, es una problema de falta de hombría, es cosa de maricones, es por tener mala familia, es por no se que mono de África o quizás provocado por las farmaempresas mundiales, ¡ es por la cara de tirado la señal que a todos nos convencía del gran problema existente entre una juventud, que dejó de ser marginal para introducirse en cualquier familia!.

Gran parte de esa juventud atrapada ya cumplió con su epitafio: “De algo hay que morir”; otro grupo subsiste amarrándose con uñas y dientes a la solución química que les sofoca la llamada a trotar de nuevo a lomos del corcel y de paso evitar nuevos episodios cleptómanos que les compliquen su vida judicial. También existe un amplio grupo que consiguió recuperar esa cara que no es estigma del potro y de nuevo entre nosotros disfrutan y sufren la vida tan valiosa que gozamos. Cuando la educación e información para la salud apareció en sus vidas ya era demasiado tarde; los hábitos saludables de vida caminaban en sentido opuesto a sus vidas.

Después de una década empezamos a recibir clientes con diferente aspecto pero con la misma reclamación: -“por la cara”. ¡Si señor, estoy por la cara!. Por su rostro, en la mayoría de los jóvenes empezábamos a ver desfilar una generación de funkies, bakaladeros , acid-house y postmodernos y su flirteo con las anfetas, tripis y éxtasis ; empezaron a extender sus noches de marcha hasta el amanecer y en su ritmo descontrolado acababan rompiendo las normas sociales contra la propiedad, salud publica , lesiones u otros menesteres penales. El nivel educativo era mayor que los pobres chicos del bocadillo y la bolsa de plástico, pero la educación se entendía como ruptura con todo lo social, la trasgresión al límite, el respeto al mínimo y las ansias de beberse la vida en una noche al máximo.

Sus rostros estaban erosionados por la falta de luz, el exceso de focos, la sobrecarga del alcohol y la química de lo alucinógeno. ¡Claro que de nuevo estaban por la cara!. Ya tuvieron educación y formación sobre los riesgos, pero los asumieron; ya conocían las consecuencias sociales, pero el modelo de joven aguerrido, rompedor, sin cortarse y vanguardista que les invadía en todo momento desde los mass media; no hizo otra cosa que clones juveniles en el ansia de probar todo lo prohibido y beber de todo lo bebible. La presión del grupo se encargaba del resto en las rutas del bakalado.¿ Era el efecto de restricciones pasadas?

Con la llegada del nuevo siglo aparecen por nuestros complejos hoteleros de variada estancia, sujetos con rostros aceitunados, oscuros, renegridos, livianos, blancos como la nieve y hasta amarillos como el sol naciente. ¡Ha llegado la globalización! ¡Ha llegado la interculturalidad! ¡ Ha llegado la alianza de civilizaciones!. De nuevo me cuenta Igor, Hasan, Lin, Ionut, Edelbiro Alberto y un tal López que les han traído por la cara. ¡Pues mire usted quizás……! Les han traído aquí la parabólica que en el desierto muestra nuestro mar de opulencia, les han desplazado aquí pateras que transbordan al paraíso, les han desembarcado en nuestra tierra barcos apestados de pobreza, han aterrizado en nuestras vida por el reclamo del I+D+D; con o sin papeles ya les han educado a venir que algo queda, a mendigar que algo llega, a trabajar que mucho hueco resta ( y esa es la verdadera integración) y por supuesto aprendieron nuestros clientes que nuestro sistema penal-hotelero es de los malos los mejores, de los europeos los más solidarios.

Y emerge como la lava de un volcán el consumo de la sustancia otrora exquisitez de los ricos y famosos, el pedigrí que necesita cualquier consumidor: el polvo blanco que estimula el sistema nervioso central hasta distorsionar los circuitos cerebrales. Los últimos inquilinos de los centros tipo son de variado pelaje, clase y estatus social; aniquilando cualquier atisbo de mejora en las adicciones de nuestros jóvenes y no tan jóvenes. Se lleva a la normalidad el botelleo generalizado y compulsivo, se banaliza el consumo de otros distorsionador mental como es el hachís o la maría; aderezado de todo tipo de alcohol o pastis variadas.

Pero siguen echando balones fuera: estoy por la faz, la sociedad, los jueces, el paro, etc.., siempre es culpa del otro. Yo una víctima nada más, mi responsabilidad es nula, es la muestra de sus vidas con objetivos hedonistas como foco principal.

Y de nuevo en estos últimos años, ingresas sujetos consumidores de drogas sintéticas (cristal, ketamina, pcp, caníbal, burundanga, etc..) o de alucinógenos o plantas ancestrales con aires de globalización (aguayasca, kaff, peyote y demás) y sobre todo con patrones de consumo compulsivo acompañados de rituales de sexo y droga que los acercan al suicidio. Todos ellos no asumen sus actos y lo rebotan a las crisis, al juez o la sociedad.

Están por la cara de victimas que presentan a su entrada, siendo algunos carne de cañón de sus entornos sociales y familiares en verdad; pero los modelos aprendidos que nos ofrece el ocio actual no ayuda a modificar sus rutas de destrozo.

Se presenta un mal mayor en el futuro si no se cambia el troquel de un modelo educativo desnaturalizado y toxico que nos han mostrado como guía a seguir: consumo a ultranza, todo fin justifica los medios, hay que vivir todo el fin de semana de fiesta a todo precio y salga el sol si quiere salir. La ausencia de una educación basada en el respeto, la tolerancia, el disfrute de lo natural y sencillo, los hábitos saludables y la conformidad con lo que poseemos es la esencia de estos lodos que en la calle son barrizales.

Así es que dicho lo dicho y como seguimos recibiendo numerosos comensales en estas posadas procesales, aún no ha llegado nadie que eche la culpa de sus males a una educación no apta para mortales y que por fin no se oiga sólo: “ por la cara estoy aquí”; espero que la revolución educativa nos de un lavado de rostro en esta faz social de adiciones tan ajetreada.

Manuel Illera Hernandez. Psicólogo y Educador

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